jueves, 17 de julio de 2014

El Cheesecake Factory de Plaza Galerías

Hoy fue la inauguración oficial, así que fui con Héctor, Rocío e Isma. No sabía en qué me estaba metiendo.

Relajadamente vi la carta y sus más de 200 opciones. Qué bonito, variedad. Pedí un té negro helado, y disfruté los calamares fritos que mis amigos pidieron de entrada antes de que yo llegara. El lugar es bien bonito, y las empleadas todavía más. En serio, no podía creer lo bonitas que eran todas.

Llegó la mesera para tomar nuestra orden de comida, y pedí la macaroni and cheese burger. Estaba en un restaurant que celebraba el americanismo, y yo iba a participar de manera seria en la celebración. El lugar estaba llenísimo, la fila de espera era de 20 minutos aproximadamente. Yo creo que por eso se equivocaron como cuatro veces, llevándonos platillos que nunca pedimos, principalmente cheesecakes. Hubo una ocasión en que la mesera era tan bonita, y el cheesecake se miraba tan bueno, que no supe a cuál mirar, y mucho menos qué decir.

Luego llegó mi comida, que se veía así:


Wow. Neta wow. Bonita presentación, con todo ese queso chorreando y los vegetales ordenaditos. Dejé los pepinillos aparte para disfrutarlos con las papas, y le puse cebolla y tomate a mi hamburguesa, que quedó con una altura ridícula, en serio. Me estaba riendo ante lo ni al caso de la forma de mi hamburguesa, que además estaba derramando queso. Pero todo cambió a la primera mordida.

Fue como abrir una puerta nueva en un árbol de decisiones que ya había explorado muchas veces. Como si dos neuronas que toda la vida habían sido en mi cerebro, por primera vez tuvieran un intercambio electroquímico de información. Fue clásico, pero revelador. Fue increíble.

Puedo decir, fácil, que es la mejor hamburguesa que he comido en mi vida. La carne era buenísima, en serio. Tardé mucho en acabarla, y cada que la volvía a morder no podía creer lo buena que era. Como si fuera simplemente imposible que fuera tan buena, pero cada mordida me decía que si, era realidad, estaba bien pinche buena. De repente me sentí en un estado súper pleno, la música era la adecuada, los sabores fantásticos, las meseras guapísimas. ¿Quién chingados soy yo para estar aquí, comiendo esta ridiculez de hamburguesa que, encima de estar buenísima, tiene pinches macarrones con queso derramándose? ¿Cómo fregados se me permite este capricho, esta insensatez absurda?

Y en ese momento me perdí a mi mismo. Ya no estaba invirtiendo mi dinero en buena comida, estaba invirtiéndolo en una experiencia maravillosa. Mis oídos, mi vista, mi gusto, estaban colmados de buenas sensaciones. Hasta la plática con los de la mesa era buenísima. Ya, Cheesecake Factory, tu ganabas, y yo estaba feliz de darte todo mi dinero. Hasta te compré un pinche cherry cheesecake de 120 pesos, para llevar. Para poder compartir mañana con Ivy un poquito de tu grandeza.

Terminé pagando 367 pesos por el té, los calamares, la hamburguesa, el cherry cheesecake, la propina, y una sensación increíble de "sea lo que sea que estoy haciendo en la vida, está funcionando cuando puedo comerme esa pinche ridiculez de hamburguesa". Voy a volver a ir, a más tardar en octubre, cuando tengan el pumpkin pie que solo tienen en temporada.

What have you done, America?

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