lunes, 23 de junio de 2014

La carrilla como rompe hielos

Creo que hay algo muy padre en usar la cartilla como iniciador de conversaciones. Bien usada, hace reír a la otra persona, hace que el mood se vuelva un poco más informal, y de paso, le demuestra a la persona que le prestas atención, al menos la suficiente como para hacer un comentario chistoso sobre ella.

Yay, que bonito empezar una conversación con carrilla. Pero, en serio, que flojera cuando la carrilla remplaza el buenos días en tu vocabulario. Deja de ser gracioso porque, si nos vemos a diario, obviamente no necesitamos empezar todas nuestras conversaciones con carrilla, deberíamos saber lo suficiente del uno y del otro como para preguntarnos cómo nos fue con ese plan que teníamos para el fin de semana, o que ha sido de aquél amigo de la anécdota súper graciosa que me contaste el otro día.

El problema es especialmente agudo cuando los hombres usamos la carrilla como nuestra manera favorita de platicar con mujeres. Sobre todo con compañeras de trabajo. Lo siento como un "uy, aunque eres mujer, no sé cómo tratarte simplemente como compañero de trabajo más y tener conversaciones normales, por eso siempre permanezco en la zona de confort que me da la carrilla, donde todo es como en broma y la intención de mis comentarios siempre será medio ambigua. Aparte, quiero quedar bien contigo, y la única pobre manera que conozco de ligar es echar carrilla".

Yo echo un montón de carrilla y siempre intento hacer ese comentario que de a entender que le presto atención a la otra persona, tanto a lo que dice en ese momento como a lo que ha dicho antes. Pero hay veces en que ya me salto eso y mejor nomás empiezo con un "¿y cómo te has sentido?". Guess what, a veces la gente necesita más esa pregunta que la risa que, a lo mejor, logras provocar con tu carrilla.

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