domingo, 16 de junio de 2013

Solo es un junio más

El viernes pasado nos encontramos mi mánager y yo en el pasillo. Me dijo que de una vez lo acompañara a la cafetería, para platicar. Me dijo que no me van a contratar.

El trancazo llegó un poco calculado, digerible. Me atrevería a decir que hasta con un poquito de alivio: Ya tenía señal explícita de para dónde empezar a moverme. Era un riesgo calculado desde que me vine, y aunque el último mes me la he pasado oyendo puros "no te vayas" de mis compañeros de trabajo, pues así son las cosas. A veces contratan a gente que ni ha salido de la carrera. A veces se hacen trákalas para quedarse otro año más como "estudiantes". Pero lo que si pasa siempre, es que cuando dicen no hay contrataciones, no hay contrataciones.

Todo iba bastante soportable. Tanto mi mánager como yo estábamos agüitados, pero los dos hicimos lo que pudimos. Los dos dejamos claro que teníamos tiempo para intentar sacar lo mejor posible de la situación: Él buscaría algún otro grupo donde pudiera acomodarme, dentro de Intel, y yo tenía un pequeño as bajo la manga, una vacante de Hardware Engineer que había visto en la página de Intel Jobs, y que se parecía mucho a lo que ya estaba haciendo en este grupo. Estaba muy motivado para aplicar.

Llegué a mi cubo, busqué la vacante con el Job ID que había guardado y, ups, ya no estaba. Lo más probable es que la acabaran de cerrar. Bueno, empezó el malestar interior. Preguntas desde las prácticas, como ¿qué voy a hacer/me quedo o me voy/como voy a mantenerme?, hasta las más analíticas y medio tortuosas, tipo ¿neta no me merezco quedarme/fracasé/tengo una vida demasiado inestable? Era feo, pero al menos pude hacer distinción entre lo que tenía que empezar a hacer y lo que ya tendría tiempo de azotarme después.

Ya están corriendo los planes para el peor escenario posible: Ni Carlos ni yo nos quedamos después de septiembre, y Rocío y Héctor tienen que pagar renta solos. Yo tengo contrato hasta septiembre 16, y boletos redondos para Guadalajara-Mexicali el 8 y 11 de noviembre. Más o menos he decidido cuáles son las condiciones en las que basaré qué pasa con mi vida llegado el 16 de septiembre:

Si consigo trabajo en Intel:
    Simple y sencillamente me quedo.

Si no:
    Si es más barato comprar avión y regresar a Mexicali que
    mantenerme mes y medio sin ganar dinero:
        Me regreso a Mexicali.
    Si no:
        Me espero hasta el 8 de noviembre para volver.
        Tal vez considere hacer un par de entrevistas aquí.

La verdad, no sé por qué presiento que tengo ya un pie de vuelta en Mexicali. Me he dado cuenta que mi mente ya avanzó solita qué podría hacer allá, en vez de buscar más maneras de quedarme. Y la entiendo: Tampoco me dan muchas ganas de quedarme en Guadalajara si no trabajo en Intel. Guadalajara es soportable, para mí, solo trabajando en Intel, al menos en lo económico y en el día a día. Desde el transporte hasta la maldita barra de ensaladas, hay muchas cosas que en Intel llegan solas, y por las que me tendría que preocupar en cualquier otra empresa.

Luego están otros miedos, o al menos la sombra de otros miedos, que han empezado a asomarse desde el viernes. ¿Mi regreso es un fracaso? ¿Exactamente para qué soy bueno, si en el lugar donde siento que mejor me he desarrollado, no puedo trabajar? ¿Voy a tener que dejar que me mantengan mis papás? Ésta última sería como lo más bajo que podría caer, en mi escala de shaming.

Siento que voy a tener que empezar muchas cosas desde cero, otra vez. Siento que Guadalajara va a quedar guardado como un capítulo más de mis escapadas de Mexicali. Llevo 10 meses aquí, el doble que lo de Austria, pero se me han ido mucho más rápido que en el intercambio. Siento peligro de perder lo que había crecido y logrado en el último año, por tener que volver a refugiarme en Mexicali. Siento casi enojo con Intel, y casi soberbia para preguntarme si no saben lo que están dejando ir. Dudo que haya uno solo entre todos los otros interns que esté tan enamorado de Intel como yo, que tenga tantas ganas de verlos ganar, de venir de cero y ganarse su hueco en el espacio de mobile, dejando récord de una proeza ingenieril y mercantil. Y luego, poder estar en primera fila para ver todo eso, incluso aportando aunque sea poquito. Quisiera saber si otros interns si quiera valoran eso. Ha de ser que es una empresa del sur de California, y trabajar en una de esas es el sueño de cualquier ingeniero en computación de la frontera de la que vengo.

A mí me encanta empezar cosas de cero, y Mexicali puede ser un buen lugar para hacerlo. Arroparte con la familia, recordar algunos basics y rellenar tus tanques de abrazos, que últimamente andan bajos. De ahí saco mucha esperanza. De ahí, y de revisar en mi blog sobre qué escribía en años pasados, más o menos por éstas fechas. Al parecer, junio suele ser un mes intenso en mi año:


El año pasado estaba terminando la Universidad (bueno, tendría que traerme dos materias a Guadalajara, pero meh). Hace dos años me aceptaban para el intercambio. Hace tres años pasaba Arquitectura de Computadoras y una de las semanas de trabajo más ridículas que he vivido. Y años atrás son junios también parecidos. En todos estaba haciendo esfuerzos grandísimos. En los últimos dos, mi vida cambiaba radicalmente, y en septiembre, sucedían eventos que me marcarían (llegar a Austria/llegar a Intel).

Ahorita otra vez, mi junio ha vuelto a mover la tierra bajo mis pies. Me ha vuelto a desafiar, ha hecho que pierda la seguridad y comodidad diaria a la que ya me estaba acostumbrando. Igual y es bueno, igual y en septiembre hay un plot twist súper perro.

Siempre intento alejarme de la idea/excusa de "no pues es que Dios no quiso/así lo quiso". Últimamente, también intento alejarme de la idea de que vivimos en un mundo donde tenemos lo que merecemos y nos falta lo que no merecemos. Yo solo sé que hace un año perdí a la mejor novia que he tenido en mi vida, y este año apunta para perder el mejor trabajo que he tenido en mi vida. Y no solo eso, también apunta a que pierda el momentum Austria - Terminar Uni - Intel. Y, por primera vez, tengo miedo de volver a empezar.