Ha llegado el momento. Ha llegado la necesidad. Ocupo recoger todas mis cosas, apagar las luces, y empezar a caminar. Hay que dejar a Ary de lado.
Ya tengo tiempo sintiendo que mi motivación no puede ser una muchacha que no he visto en tres meses, y que si no la busco, ni sabría de ella. Ya tengo tiempo sintiendo el miedo de abrazar la idea y admitir que ya no le veo por dónde, ya no encuentro cómo, y no siento que ella tenga el más mínimo interés en lo que sea que haya habido aquí.
“Ama sin esperar algo a cambio, pendejo”. Por favor, no empecemos con los refranes. Algo que me ha quedado clarísimo los últimos tres meses, es que cada refrán que se ha inventado tiene un contra-refrán, que termina diciéndonos que los refranes son solo frases chistosas que se adecuan al momento. Entonces la cosa no va por ahí. La cosa va por sinceridad, por honestidad, por sensatez. Sobre todo sensatez.
El otro día le hablé. Entre desesperación y tortura decidí llamarle para pedirle que nos viéramos ese mismo día. Le pediría media hora que seguramente terminaría alargándose quién sabe cuanto, porque mi intención era ir y ya decirle todo: Que ninguno de los dos es más tonto que histriónico, que si no se había dado cuenta, yo tenía dos años enamorado de ella y unos 6 meses creyendo que era ella, que ya la había encontrado, que no ocupaba buscar más. También preguntarle por qué me dijo que llamaría antes de Navidad y no lo hiso, y también si su abuela le tiene la misma confianza a todos sus otros amigos, a ver si a ellos también les canta la canción que le compuso y les da consejos sobre su nieta. Y ya de paso, para reírnos un ratillo si el ambiente se ponía tenso, contarle de cuando su mamá me dijo “ahhhh, el famoso Fer…”. Al final, en realidad, lo único que le quería transmitir era que se me acababan las fuerzas y que sentía que mi parte estaba hecha, que seguía la suya, y que fuera lo que ella quisiera ya. No estaba muy seguro de qué ganaría o qué sacaría de todo esto, pero estaba seguro de que me tranquilizaría y me sentiría mucho más satisfecho de como me sentía entonces.
Así que le hablé. Bien, todo va bien, oye pues, ¿crees que pueda ir a tú casa ahora, a saludarte? Holy crap, tú siempre tienes exámenes! Bueno, ¿puedes el viernes? Ah, te vas de retiro…
Y ahí fue donde me pegó. Se fueron la desesperación y el coraje. Caí en cuenta de que las cosas están perfectas, inmejorables. El escenario es el mejor que me pudiera haber imaginado, y ahora todo juega a mi favor.
Yo salí con Ary seis veces. Recuerdo perfectamente las fechas y qué hicimos cada una de esas 6 veces. Recuerdo sobre todo cómo me sentía al final de cada una de esas salidas, cómo la iba conociendo más, y casi siempre, cómo me iba enamorando más . La cuarta vez, 15 de noviembre pasado, fuimos al cine y vimos una comedia. Ya en otra ocasión me había dado cuenta de que le gustan las películas, y disfruta especialmente el cine. Pero esa vez, me llamó especialmente la atención su risa, o más bien, su carcajada. Vi una Ary súper feliz y súper contenta, y á partir de ahí supe que lo que más quería era verla así lo más seguido posible. A partir de ahí mis oraciones cambiaron, le pedía a Dios que la dejara estar así el mayor tiempo posible, y que me permitiera a mí contribuir a esa felicidad tanto como se pudiera.
Todavía en el teléfono, me dijo que igual y si podía ese mismo día rapidillo, aunque estaríamos algo incómodos por cambios en su casa y tal. Y lo pensé, pero sinceramente, ¿qué necesidad tengo ya de ir a tirarle todo mi sentir encima? Ary se encuentra ahorita súper feliz con su carrera y está cerca de Dios. ¿Ir a desahogar toda mi carga sobre ella contribuiría a algo de eso? Me quedé callado como diez segundos, pensando bien qué iba a responder. No, mejor, como te sientas más a gusto, mejor otro día…
No siento que me apure ese día. Con Ary feliz, cerca de Dios y demasiado ocupada para vernos, el camino está puesto para moverme a otra cosa. Recojo mis ganas, mis ilusiones, mis significados, mis ímpetus, y los arrumbo a un lado del reloj que sigue envuelto en papel navideño. Aunque queden hoyos de cosas sin explicar, por primera vez desde el 8 de marzo del 2009, me siento ligeramente satisfecho.Y, honestamente, creo que hay todavía una minúscula partícula de… Pues no sé, algo. No quiero decir esperanza, porque eso implica expectativa y yo sinceramente ya no espero algo. Pero hay unas palabras de la abuela de Ary que me siguen generando ruido, y es que su consejo fue que no ejerciera presión, porque entonces vendría el rechazo, pero que tampoco me alejara mucho! Porque entonces se iba a olvidar de mí, así pasa. Pues ahorita siento que cumplí perfectamente bien eso, que llegué hasta donde era prudente.
La única pregunta que me seguiré haciendo y haciendo hasta encontrarle respuesta, por más satisfecho que me sienta, es “¿qué rayos figura Ary en mi vida?”. Por ahorita, le dejo la respuesta que por años le estuve dando: Una caricia de Dios.